Caminaba distraído con la edición del Quijote que iba a sacar de la biblioteca cuando, en el primer cruce de los pocos pasillos que tiene la biblioteca chocaron nuestro cuerpos de manera inesperada; los libros que llevábamos en nuestras manos cayeron como una pequeña avalancha en mitad de la primavera; nos miramos ,sin vernos, avergonzados no solo por el estúpido golpe, sino por el ruido que la caída de los libros ocasionó y las miradas que nos dedicaron los amables bibliotecarios desde sus mesas. Nos agachamos y recogimos los libros entre risas de los espectadores que se giraron al oir nuestro pequeño choque y vieron la avalancha que se originó desde nuestros brazos; yo fui recogiendo los libros que llevabas sobre el cultismo literario y Góngora; tú recogiste mi edición del Quijote. Al levantar la vista para darte tus libros fue cuando por primera vez te vi, y me di cuenta de que me mirabas con un auricular colgando y el otro enganchado a tu oreja tapada por la cascada de oro que descendía de tu cabeza; en ese momento mis ojos verdes chocaron con los tuyos azul eléctrico y me dieron tal descarga que paralizó tanto mis músculos como mi mente; en tan solo un segundo tu electricidad entró por mis ojos para recorrer cada rincón de mi cuerpo y estremecer todos y cada uno de mis músculos.
Después de darnos los libros y levantarnos nos dedicamos una sonrisa de cordialidad que a mi me cautivo por el resto del día, nos separamos y cada uno siguió su camino ese día; pero yo siempre recordaré el día en que choqué con Helena de Troya, la mujer mas bella del mundo, en la biblioteca.
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