miércoles, 23 de septiembre de 2015

Nunca más

En aquel parque rodeado de naturaleza, plantas y arboles que hacen que todo sea más natural, aunque estés en el mismo centro de la ciudad, veo como las hojas llueven desde el cielo en una caída imparable hasta el suelo; como si hubiesen decidido que tras sus buenos meses en una rama en la que recibían los calurosos rayos del sol hubiese decidido que era hora de irse para dejar paso a las nuevas hojas que surgirán tras el invierno. El parque estaba vacío, ya que los niños ya habían empezado sus clases, y los que aun estaban de vacaciones eran demasiado mayores para estar en un parque; lo genial de estar solo en el parque es que puedes ver sin interrupciones esos columpios en los que de pequeños nos gustaba tanto jugar; ves sus simples pero a la vez complicado mecanismos y te das cuenta de lo fácil que es para un niño divertirse. Todo para ellos es nuevo, todo es diferente; sin embargo cuando creces vas viendo cosas repetidas, patrones, historias repetidas; y esa ilusión de ver por primera vez las cosas se pierde para dar paso a la monotonía. Pero aquella mañana había algo distinto, había un olor en el viento que hacia que todo fuera diferente. Comencé a mirar a mi alrededor buscando la procedencia de ese dulce aroma; cerré los ojos para respirar muy profundamente ese olor y poder disfrutarlo, porque los grandes placeres de la vida se disfrutan con los ojos cerrados. Pero al abrirlos me encontré con una muchacha paseando, una chica rubia y bajita que parecía estar siendo atraída por un olor. Entonces me di cuenta de que ese olor lo llevaba esa pequeña, esa chica que buscaba un olor que le dirigía hacia mí. Entonces ella también se dio cuenta, ese olor no era otro que el de la colonia que suelo usar; parece que por una vez la publicidad no era engañosa. Pese a nuestras diferencias tan claras para cualquier ojo, en el fondo no eramos tan distintos; atraídos por un olor que nos gustaba fuimos a coincidir, fuimos a conocernos; y al ser la primera vez que nos veíamos era algo que iba a suceder una vez y nunca más.

domingo, 20 de septiembre de 2015

19-9 (Granada)

De estos momentos en que estas desayunando en un hotel y entra un niño a las nueve de las mañana con los ojos abiertos de par en par, mirando todo de forma curiosa y preguntando que es una u otra cosa; cogiendo tanta comida que cualquiera se da cuenta de que algo se caerá de su plato, y su madre se gira hacia él sonriendo y le quita el plato para echar algunas cosas en el suyo y que pueda llevarlo todo a la mesa sin ningún problema. Se sienta y el que parece algún tío que estaba de viaje junto con sus padres le pregunta que tal había dormido; a lo que el niño grita que había dormido bien como si el responder así le hiciera ganar dinero, un grito que todo el mundo pensaría que es muy dulce y que creo que a casi nadie le acabaría molestando despertar así, al menos después de haber pasado un poco de tiempo. Después comenzó a mirar a su alrededor con ojos curiosos y se me quedó mirando; el niño que tenemos todos dentro, unos más dentro que otros, me hizo enseñarle la lengua, lo que hizo que el niño riera como si fuera la primera vez que lo viera hacer. Y es que a esas edades no hay quien pueda con ellos. Después de ese desayuno decidí hacer una de las cosas que me encantan, salir a la calle con mi música y perderme entre las calles viendo paisajes, fachadas, pintadas y de la decoración de los diferentes lugares; pero esta vez había algo distinto, estaba en Granada. Durante mi paseo encontré una librería, tenía todos sus estantes llenos de libros, las mesas con más libros de los que parecían poder tener encima, como si fuesen a caer en cualquier momento. Me gusta creer que miré todos esos libros con los ojos de aquel niño de la cafetería del hotel; cada libro era nuevo en mi retina, cada libro con sus tecnicismos (porque todavía no he dicho que era una librería para universitarios y que contenía libros de ciencias, tecnología, literarios o filosóficos que parecían difíciles de comprender si no estabas puesto en el tema) dejaba una marca que era sustituida por el siguiente libro; la librería era bastante pequeña pero puede decirse que me perdí entre cada uno de sus estantes. Continué mi paseo por Granada y llegué a una tienda de discos, a un lado de la puerta estaba un escaparate bastante grande lleno de discos, libros y películas sobre flamenco; pero al otro lado de la puerta había un pequeño escaparate con discos de indie rock, lo que me llamó bastante la atención; miré a través de la ventana de la puerta y vi una sección de discos por cinco euros, así que decidí entrar para echar un vistazo a la tienda. Al entrar me llegó un olor muy característico de las cosas antiguas, ese olor que hace que todo tenga un cierto encanto particular; comencé a revisar la tienda por el lado más alejado del mostrador, casi todos los discos eran de música flamenca, pero cuando quedaban dos estantes empecé a encontrar discos de indie, pero continué para ver en general la tienda; en el último estante descubrí discos de hard Rock, heavy metal y otros géneros por el estilo; lo que no encajaba con el principio de los estantes. Pero la tienda me terminó de cautivar cuando descubrí la sección de bandas sonoras, esas canciones que están en los mejores recuerdos de las películas que podemos ver millones de veces sin cansarnos, aunque entre los discos de la tienda no estaba ninguna banda sonora de mis películas, y digo mis películas porque en el momento en que las interiorizas y están en ti esas películas son tuyas y de nadie más. Revisé la sección de discos a cinco euros entre risas de nostalgia y silencios de desconocimiento. Entonces me puse a revisar la sección indie, el dueño de la tienda se acercó mi me dijo con una sonrisa en los labios que los discos está en orden alfabético y que si quería algo más en los cajones había muchos más discos. Ante eso decidí empezar por el principio del abecedario y llegar al final. Después todos sabréis el milagro que ocurrió. Que decir de una ciudad como Granada, como dijo Chino de Supersubmarina ''todo el que ve a Granada se enamora de la ciudad, y después de reunirnos en Granada todos somos algo Granadinos''. Pero yo digo que el primer fin de semana en Granada es algo que sucede una vez y nunca más; y cuando vuelva para subir al Sacromonte, para alegrar el paseo de los tristes bailando, y para que las estrellas nos Alhambren al pasar será otro fin de semana inolvidable.

martes, 8 de septiembre de 2015

A la chica de la voz melancólica

Mucha gente no se da cuenta, pero cada día hay un acontecimiento de extraordinaria belleza que casi todo el mundo ignora; el atardecer. Una suceso en que el cielo sangra por un día que esta muriendo, pero que no significa que sea el final, sino el inicio de algo nuevo como es la noche. Al final de la noche pasa lo mismo para dar paso a un nuevo día, el cielo se vuelve mucho más oscuro (porque Harvey Dent nos enseñó que la noche es mas oscura justo antes del amanecer) hasta que aparece el Sol como si fuese una puñalada en mitad del cielo.
Uno de esos atardeceres me acerqué a un pequeño carrusel en el que los niños no paran de dar vueltas; es curioso como con algo tan simple como un caballo, un coche o un camión de bomberos, puede hacer a los niños reír durante horas, seguramente imaginando que conducen en un gran campo o en un circuito en el que pueden ganar el campeonato del mundo. Solo un niño puede saber como se siente en ese momento.
Cerca del carrusel hay una pequeña zona con rocas, es la zona más cercana al mar del paseo; normalmente no suele haber nadie, lo considero mi pequeño refugio. Pero hoy no me estaba esperando la piedra en la que siempre me siento, al menos sola, hoy había una chica allí sentada. Era la primera vez que veía a alguien ahí y, ya que había bajado y me había visto, poca salida quedaba; así que decidí sentarme en mi roca de siempre. Me quedé mirando el atardecer sin decir nada, viendo los colores rosáceos pensando en que esa chica tal vez se sintiera incómoda con mi presencia, que tal vez ella pensará que aquel era su refugio particular y que yo había ido para quitárselo; pero, jo, también era el mío y no podía llegar y cambiarlo todo simplemente estando ahí.
Decidí sacar mi móvil para hacer diez o doce fotos, porque me encantan los amaneceres y atardeceres, las señales que nos enseñan que hay un cambio. Al acabar de hacer las fotos miré a mi lado y fue cuando me dí cuenta de que la chica me estaba mirando; me puse bastante nervioso, estaba en mi refugio y me estaba mirando. Decidí sonreír como solución amable, y ella me devolvió la sonrisa; y que sonrisa.
Entonces me fijé más en ella, en su belleza, en su camiseta de Batman que cubría unos pequeños vaqueros que mostraban sus piernas hasta llegar a unas Converse negras un poco gastadas, pero todos sabemos que las Converses cuanto más gastadas mejor. Entonces le pregunté si había visto las últimas películas de Batman dirigidas por Nolan; sí, a veces puedo ser un poco idiota haciendo preguntas muy tontas, pero con la cantidad de personas que se ponen camisetas con símbolos que desconocen tenía que saberlo, y más estando en mi refugio.
El caso es que a partir de esa pregunta empezamos a hablar, empezamos por Batman, seguimos por muchisimas series, seguimos con música y, lo que empezó siendo un atardecer junto a una desconocida, acabó como una noche con una amiga de las de toda la vida, de esas amistades que no recuerdas cuando empezaron porque parece que siempre estuvieron ahí.
Mientras hablábamos mi cabeza decía que esa chica era rock, era pasión desbordada que hacía que todo lo que tocará cambiará para mejor; era fuego que purificaba todos los pecados y, jo, esa chica era diferente a las demás.
Sobre las tres de la mañana dejamos nuestra charla, aunque, no sé ella, pero yo tenia muchas ganas de continuar. Me ofrecí acompañarla a casa, pero me dijo que vivía cerca y no era necesario, así que me encaminé entre las luces de la noche hacía mi casa; al llegar a casa me dí cuenta de un detalle que era bastante importante. No solo no sabía su nombre, sino que tampoco le había pedido una forma de contactar con ella, pero al final eso no importaba ya que seguro que mañana estaría en nuestro refugio sentada cuando yo llegará, con un aspecto de señorita Rock N Roll mirando al mar distraída, y al llegar me dirá hola con su preciosa voz melancólica.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Aquella cafetería

En aquella terraza el sol golpeaba con fuerza, pero el gran toldo ofrecía protección a todos los que allí estábamos sentados, pero había una pequeña abertura, un pequeños agujero que dejaba penetrar a un pequeño rayo de sol que deslumbraba al camarero cada vez que pasaba; la mayoría miraba hacia la televisión viendo como unos hombres jugaban al fútbol por la televisión, pero yo estaba dando la espalda a todo ese espectáculo deportivo, mirando a una pequeña plaza en dónde unos niños jugaban bajo la atenta mirada de sus madres y padres; ya sabéis como funciono por dentro, seguramente lo sepáis mejor que yo mismo; no sé como lo hago pero siempre acabo tropezando con la misma piedra una y otra vez, y muchas veces parece que por muy diferente que haga las cosas siempre acabo en el mismo lugar; muchas veces izquierda o derecha no cambia tanto el destino al que llegas. Pero en esa terraza he decidido respirar profundo y parar el tiempo por un instante; poder ver las cosas que pasan en un parpadeo, en un rápido destello del sol al reflejarse en una superficie.

Lo primero que llama la atención es la facilidad con la que ven el mundo los niños, ellos no están manchados por el lodo de la sociedad, ellos no necesitan mentir; los niños siempre dicen la verdad. Además que, al no estar manchados, no saben discriminar, ni desconfiar; los niños corren, ríen, cantan, lloran y se encariñan de verdad. A veces pienso que un mundo gobernado y dirigido por niños seria un mundo más autentico; no más justo o mejor, pero si más autentico. Después es inevitable fijarse en los padres, en esos padres que miran embobados a sus hijos. es normal, ser padre tiene que ser una sensación y mezcla de emociones única, pero luego ves (y esto puede ser una metáfora) a otros padres, padres que parece que los hijos no son suyos de lo poco que aprovechan esa paternidad, ese regalo que la naturaleza les ha dado y los que pueden ser los años mas bonitos para un ser humano adulto.

Después al fondo están un grupo de ancianos, un grupo de personas que han dado una vida de trabajo por sus familias, con un millar de historias que contar y enseñar, pero en una época en la que nadie quiere escucharlas, una época en la que solo les queda reunirse para contarse sus historias entre ellos, una época en que cualquier chaval no los escucha porque todo lo que pueden contar está en internet. Los ancianos son aquellos grandes olvidados de esta sociedad, son aquellos que pueden enseñar a los niños como mejorar el mundo. Los ancianos pueden ser la solución para mejorar nuestro futuro.

Parece que el partido a mi espalada se siguió desarrollando a pesar de mi falta de atención, los niños siguieron jugando con al atenta mirada de sus padres, los ancianos siguieron contándose las historias de cuando todos eran mas jóvenes. Yo decidí pagar mi bebida y levantarme para continuar solo mi viaje, porque, por raro que suene, tú no estabas allí.

Vuelta

Y cuando acabó aquel Agosto sin fin, volví a mi blog a escribir.

Hacía tiempo que no me pasaba por aquí, hay algunas telarañas y ese sofá en el que suelo sentar a mi corazón y mi mente para que tengan una de esas conversaciones que plasmo en este sitio está con un poco de polvo. Supongo que los exámenes, o el estar con mis colegas o el simple hecho de ser verano ha propiciado que durante un mes no publique por aquí.

El otro día entré en una tienda de ropa, una de esas con camisetas con escote para chicos (que faltará por verse en este mundo) y estuve mirando ropa. Encontré unos pantalones vaqueros cortos que me gustaron bastante; pero pasó algo a lo que estoy acostumbrado, la talla más grande que encontré me cabía, pero no me cerraba; vamos que parecía un lomo embutido. Que las tallas están bajando y sean cada vez menos saludables no es una novedad (de hecho mi anterior entrada iba sobre eso), pero lo peor de todo fue cuando fui al chico encargado de la ropa de la tienda y le pregunté si tenía una talla más grande. Cogió el pantalón y dijo ''lo siento, pero esta es la talla más grande que trabajamos'' y se giró con una sonrisa en sus labios para seguir con sus tareas. En ese momento me sentí bastante mal, pero no fue algo que no se me pasará en un par de horas. Pero entonces me dio por pensar en esos chicos de trece o catorce años, esos chicos que, como pasé yo, tienen que vivir siendo discriminados por ser diferentes (en mi caso a parte de gordito escuchaba heavy metal y jugaba a a play, vaya pecados) sino que también son bombardeados por estereotipos que no cumplen porque no pueden; muchos cambian para adaptarse a los demás y son considerados como los que han hecho un esfuerzo. Pero muchas veces pienso ¿Si en tus venas corre el veneno del rock o cualquier otro género que no entre en el gusto de los demás debes hacer un esfuerzo para adaptarte?¿La sociedad y las películas americanas (sobre todo las últimas) no enseñan que cada uno debe seguir su camino y desarrollarse tal como es? El fin de todo esto es desarrollar una conclusión a la que he llegado; la sociedad dice unos valores y demuestra otros, marca unas normas que ella misma no respeta; y todo lo que sea diferente simplemente debe ser apartado y desprestigiado. Hace algunos años que no digo la verdad ¿para qué si el mundo no la necesita?