lunes, 9 de diciembre de 2013

Microcuento 2

Navegaba hacia una nueva misión, la corona vuelve a transportar el dinero que lo robaba a los indígenas para sus propias arcas al otro lado del mar; si un ladrón roba merece condena, pero si robas a un ladrón, aunque te quedes con una parte de lo que robo, te consideran un héroe. En principio era pan comido, asalto sorpresa, se mata a un par de los soldados que planten cara y se intimida al capitán; se rinden, les quitas todo lo que hay de valor en la bodega y les destruyes un poco el barco para que no puedan seguirte, pero si volver a casa; la historia de siempre. Pero al ver el barco la historia cambio; reconocí casi de inmediato el barco de mi antiguo compañero de armas, ese con el que saquee incontables barcos durante nuestros viajes juntos. Había aceptado el perdón del rey y se había convertido en Corsario, y su nuevo objetivo era cazar a piratas como yo.

Continué con el plan, pero sabia que se acababa de complicar de una forma que no era normal, ya que el conocía todas las formas de asalto que usábamos. Nos vio rápido, pero no lo suficiente para evitar que saltáramos dentro y comenzara un combate. Algunos de mis camaradas cayeron junto con sus marineros, pero después de varios minutos de lucha me encontré cara a cara con el.

-Me sorprende este cambio de profesión tuyo- le grite cuando se cruzaron nuestras miradas.
-Esta ha sido mi profesión desde el principio, pero tu me desviaste de mi camino.
-Yo nunca te obligue ni a seguirme, ni a asaltar barcos de tus nuevos dueños junto a mi; fue tu decisión
-No intentes engañarme, siempre fue culpa tuya.
-Vive todo el tiempo que quieras engañado, yo se la verdad.

Y tras esto vi como uno de mis hombres lo apresaba después de intentar atacarme descuidando su defensa. Robé el barco y le deje ir; al fin y al cabo, la peor condena es vivir una vida engañado y despertar tarde. Aunque hay personas que nunca despiertan.

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